"Familia". 2017. CCK.

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La naturaleza como artificio
Por Laura Isola
 


Los esfuerzos de los jardineros de la Reina del País de las Maravillas son denodados: —¿Querrían hacer el favor de decirme —empezó Alicia con cierta timidez— por qué están pintando estas rosas? Cinco y Siete no dijeron nada, pero miraron a Dos. Dos empezó en una vocecita temblorosa: —Pues, verá usted, señorita, el hecho es que esto tenía que haber sido un rosal rojo, y nosotros plantamos uno blanco por equivocación, y, si la Reina lo descubre, nos cortarán a todos la cabeza, sabe.

Cambiar a las rosas, aún en la ficción, parece tarea imposible. Aunque peligren sus vidas, el color de las flores no es asunto de pintores. Hay en la misma esencia de la naturaleza un impulso de conservación. En ese ciclo evolutivo de todo aquello que forma parte de ese reino –nacimiento, apogeo, decadencia y muerte– encarna la idea de que nos sobreviva. De que dure para siempre.

Es invertir la carga de la culpa. No es nuestra; no somos nosotros los que queremos colores y texturas firmes para siempre. Somos unos pobres condenados a engendrar sustitutos de ella para contrarrestar lo efímero de la existencia. En ella misma está el aliento de esa utopía. En su constante reproducción, en esa manía de volver a empezar una y cada vez, en promover lo cíclico y la repetición. Por eso, la culpa es de las flores.

El que lo detectó fue Román Vitali y construyó, en paralelo, un sucedáneo de estas formas. Se las apropió en sus colores, les copió los movimientos. En la difícil tarea de imitarlas, las dejó en el camino y se quedó con sus propios hallazgos que resultaron únicos. La paradoja de una copia es volverse mejor que su original hasta el punto de perderlo. No se supo más qué fue de las campanillas, de esos lirios azules y las crestas de gallos, ni de las azucenas que alguna vez tuvieron destino perecedero.  Porque Vitali les insufló una nueva vida artificial. No sólo las sustrajo para sí, para el arte contemporáneo e hizo que se olvidaran de sus jardines y praderas, sino que las volvió eternas.

Los jarrones dispuestos en simetría citan a la historia del arte. Puede ser a aquellos pintados por los Brueghel, el padre y el hijo, Jan y Jan, El Viejo y el Joven. Pero, también, son las flores del jardín de su madre y del suyo propio. Cultivado en tarros y macetas con bulbos heredados del de la abuela. Un tráfico de flora, un trueque familiar, una genealogía de semillas y ramas que el artista teje por medio de las cuentas de colores con la rigurosidad de un sistema de módulos de cuatro piezas que lo obliga a una geometría perfecta.

Todo en la naturaleza se modela según la esfera, el cono, el cilindro. Hay que aprender a pintar sobre la base de estas figuras simples; después se podrá hacer todo lo que se quiera. Le escribe Paul Cézanne a Émile Bernard en 1904, a modo de síntesis entre pinturas de paisaje al aire libre y sus naturalezas muertas en el atelier. Buscaba el ideal de la representación con el fin de transitar los dos siglos que separaron a su vida. Cómo darle forma al arte por venir: la conjunción entre naturaleza y geometría será la clave.

“Vanidad de vanidades, todo es vanidad” es el pensamiento sombrío sobre el mundo que disuade de los placeres mundanos y alienta a la pintura de bodegones para indicar con precisión, mediante las frutas podridas, hojas secas y calaveras, que estamos aquí con los días contados. Que la belleza es pasajera. Familia (lo que puedo decirte, lo que puedo escuchar), la instalación de Román Vitali, la reconoce y la vuelve a pensar. Una vanitas de cuentas acrílicas facetadas. Para que la obra señale la degradación, pero en el tiempo demorado del plástico.

Laura Isola